16
Jun
08

Así es como empezó todo… (2)

La compañía se alineó en una larga fila, como en una parada. El oficial, con adornos tornasolados, parecía una gruesa carpa. Estaba acompañado por un jesuita de mirada siniestra y ropajes negros.

El resto de la tropa lo formaban los reitres con cara de mustélidos. Iban equipados como mis hombres: con arcabuces y espadas. Su tendencia a cambiar de bando cuando la situación se volvía puta, los convertía, de buenas a primeras, en tropas sacrificables.

Mis 10 veteranos, curtidos en 10 años de guerra, harían las veces de tropa de choque. Tilly había venido para asistir a nuestra partida. El hombre que yo había conocido estaba muy cambiado. Su discurso fue grande y noble, sus rasgos eran demacrados y su tez cenicienta.

Al pasar el cordón de guardias apostados para controlar el acceso a la puerta, Tilly dejó caer un: “lo siento, Hans” que me provocó un escalofrío. Un olor a putrefacción empezó a inundar mis fosas nasales y podía oír un zumbido sordo: voces suaves y embriagadoras y el ruido de un salto de agua. La temperatura fue aumentando poco a poco, y a menos de 18 metros, la vi. ¡Ella estaba allí!

¡Terrorífica, fascinante, gigantesca, diabólica… estos fueron mis primeros pensamientos!

Desde el largo puente hasta el bastión de Holzmarch, se arremolinaba sobre el Elba un vórtice con chispeantes relámpagos purpurinos. Una luminiscencia escarlata latía sobre su superficie que hervía como si fuera una gigantesca marmita… Centenares de cadáveres flotaban en los límites del malestrom… qué gran espectáculo, digno del ser humano. Añadiendo algunas especias se podría hacer un buen estofado de carroña…

En las orillas manchadas de lodo y ceniza, los zapadores habían construido un enorme aparejo. Digno de las más bellas catedrales góticas, construidos con el bronce y el hierro ennegrecido de la ciudad devastada. Esta grúa debía hacer pasar por la puerta a una barcaza cargada de buenos y fieles cristianos. El destino: el Infierno. Final del viaje: todo el mundo baja… !o es bajado!

Nuestro primer viaje a borde de nuestra embarcación. Los hombres temblaban, vomitaban, algunos hasta se cagaban encima. Después de un fogoso sermón del sacerdote, nos marcaron con un hierro candente, a cada uno con una matrícula diferente. A partir de ese momento estábamos condenados a los ojos de todos. Nuestra vida nunca sería la misma. La mía no había sido demasiado brillante, pero imaginaos cómo sería luego. El olor a carne quemada se mezclaba con el de la muerte del Inframundo. El barco cabeceó, la cadena de descenso chirrió, bajábamos en cuerpo y alma hacia los Infiernos.

Cuando la barcaza tocó la superficie, me golpeó una intensa luz, y reviví todos los episodios importantes de mi vida a toda velocidad. Los hombres gritaban, se convulsionaban, babeaban o escupían sangre. Un ruido estridente resonó en mi cabeza. Perdí el conocimiento, el mundo se hundió a mi alrededor.

“Lo siento, Han”… ya lo puedes sentir, “querido” Tilly, nos has metido en una mierda monumental, y no estoy seguro de poder salir de ella.

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