17
Jun
08

… Perseverare diabolicum.

(continuación de “Errare humanum est”)

Otros mortales, incapaces de dominar el terror que sentían, intentaron abrir brecha en nuestras filas, justo al pie de la colina: ¡sólo consiguieron que la caída fuese más dura! Apenas empezaron ellos a arremeter estocadas, cuando los martillos, las hachas y las dagas los descuartizaban sin piedad.

En la cumbre de sus ejercicios espirituales, un santo varón, que acompañaba a esta tropa de mortales, arengó a los suyos. Y rogó a su Creador para que interviniera. Un condenado de la cólera se le aproxima, apartando a sus congéneres con un gruñido, y avanza con grandes zancadas, apoyándose sobre la lacra que tiene en lugar del brazo.

Y puedo afirmar que el cielo se manifiesta en ese momento.

Una luz, que oscila entre el verde esmeralda y el azul del océano de los mortales, desciende hacia nosotros con una lentitud totalmente calculada. Los condenados retroceden humildemente en coro, y se alejan del santo varón que ha roto a llorar. Pero no olvidan a los heridos ni a los que agonizan: las tripas vuelan, se rompen huesos y se esparcen más órganos.

Luego, mientras mis reclutas se retiran, aparece ella. Una gracia divina, sensual, que levanta las cenizas y las esparce en remolinos lejanos. Bajo mis pies, el suelo no es más que una masa compacta de huesos calcinados, y yo deslizo mi mirada por sus curvas, sus resplandecientes senos y sus generosas caderas. Envuelta en esta aureola resplandeciente, la simetría de su rostro se pierde en el límite del halo. Ella se acerca al misionero. Él es todo lo contrario a ella, por no decir que es un pobre reflejo: el mortal está viejo y cansado. Una barba hirsuta cae enmarañada sobre su sayo desgastado. Desconcertado, sin saber a qué santo encomendarse, la contempla. Sin duda la desea.

Él sólo blande un crucifijo, más por costumbre que por convicción. La aparición besa afectuosamente el objeto, dejando allí sus labios sobre los del Creador. Quizás con la esperanza, quien lo sabe, de envenenarlo con su beso del mismo modo que éste corroe la cruz. Finalmente el monje cae de rodillas. Ella le acaricia la frente y puede adivinarse el bulto que deforma su sayo, a la altura de la entrepierna. Ella me mira, la saludo y la tropa hace lo mismo, hincando las rodillas en la sangre fresca.

A lo lejos, el rayo retumba de nuevo; una vez más la Laguna Estigia es desacralizada. Por no decir corrompida. Ya no me preocupo, porque ahí arriba está ella. Asaliah, mi ángel rebelde, mi caída, mi queridísimo querubín. Con un gesto vacilante le presento la palma de mi mano, ahí se encuentra mi trofeo exento de su sangre. Ella asiente con un gesto de aprobación y despide con un ademán a los condenados. Ella acaricia de nuevo la frente del mortal que sobrevivió.

Muy a su pesar.

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