18
Jun
08

Dos sombras en la noche

“¿Vargas? ¿Aún no habéis acabado de tocarme los cojones con él? Voy a acabar creyendo que el resto de mis ciento de historias de guerra no son del agrado de vuestros oídos.

¡Si vos lo queréis, pues así sea, sajón!”

Este tipo fue un fiel siervo del conde de Spinola. Cuándo éste último cruzaba al oeste del Imperio siempre llevaba con él a su fiel mastín.

De fiar, temible, un estratega despiadado y meticuloso, sin desperdicio alguno, el castellano se forjó una sólida reputación como líder de ejércitos. Spinola lo sacó muy rápidamente del tercio para encomendarle taeas de lo más… delicadas. ¿Un ejemplo? ¡Por supuesto, mi buen Gunthar! Entonces sírveme un dedo de ese suculento licor. ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! ¡Bueno! Por el ejemplo: tienes a tu columna en la periferia de un pueblo rebelde y determinado. Si tú envías una compañía de hombres a fisgonear por la zona estate seguro de que volverán con el rabo entre las piernas y los calzones mojados. Un pueblo de insurrectos es un problema para tus vías de abastecimiento, y una bendición para las miles de bocas que debes alimentar.

Es aquí donde intervino Francisco Vargas. Seleccionó a 50 hombres robustos para solucionar este pequeño asunto, redujo el lugar y se apoderó de la villa, y para rematar fertilizó el suelo con la sangre de sus enemigos. Donde antes había un pueblo próspero, ahora ya no hay más que una zona limpia, serena y en llamas. Tal y como yo digo, ¡es el efecto Vargas! En este gran homenaje a San Juan, sólo subsisten empalamientos y horcas, así como mujeres forzadas a abrirse de piernas mientras aún supuran los restos de sus anteriores violadores. ¡Otto, de ya de reírte como un gilipollas, no tiene gracia! ¡Sírveme una lágrima de licor que aún estoy sereno!

¡Haces bien en creer que Vargas es un canalla santurrón! Esto es lo que yo sé de él, y es que proviene de una noble familia castellana. Esta última revolotea por la corte del rey como una gran mosca alrededor de una mierda, y al parecer eso funciona.

Los Vargas son ricos, poderosos y les corroe la ambición. Francisco, el hijo menor de una camada de 10, aumentó las subvenciones paternales gracias al arte de la guerra y a la rapiña. Esto es lo bueno de ser despiadado. Yo tengo demasiado buen corazón, eso me perderá algún día…

Despiadado, he dicho, pero al fin y al cabo el capitán es un hombre. Al parecer aún queda algo semejante a un corazón escondido en un rincón casi inaccesible de sí mismo. ¿No lo encuentras curioso, perro sarnoso? Entonces continuo. ¡Otto! ¡Pásame la botella! ¡Date prisa, piojoso!

La bella gitana que conquistó el corazón de vuestro héroe era como una hermosa sombra prometida a la luz de una hoguera, fue desterrada de su tropa por brujería y por pactar con el Maligno. Los jesuitas que rondaban por la zona la aprehendieron junto con todos sus impíos pertrechos. La muchacha se defendió: causó dos muertos y uno con quemaduras graves, pero acabó cediendo bajo la superioridad numérica. Justo antes de que los “cuervos” prendieran fuego a la brea, el capitán intervino, degollando a un misionero demasiado impetuoso, y liberó de sus ataduras a la bella Sara Zingaresce.

Con el sol poniente de Moravia, Vargas, el salvador, llegó con la brillante armadura bañada por el astro carmesí y el bigote canoso impecablemente peinado. Ella tenía el cabello moreno y ensortijado, se acicalaba con adornos tornasolados, su piel oscura y sedosa, la mirada brillante… huummmm…. ¡Un vaso, Otto! ¡Otro, por Dios! Una innegable pasión se apoderó de estos dos malditos: una mirada, un estremecimiento… ¡sí… el amor!

Bueno, es cierto que Vargas forzó un poco a la joven en los primeros escarceos nocturnos. La oíamos chillar como una puerca desde el otro lado del campamento. Pero bueno, tanto el uno como el otro se encontraron allí: él era la reencarnación de la táctica militar, ella el apoyo místico de fuerzas que no nombraré. La alianza de dos sombras para combatir a las mismas Tinieblas ¿No es conmovedor? Por una pequeña copa más os podría espi… expli… ooooh… todo me da vueltas… ¡Oh, se ha ido la luz! ¡Mierda….!

“¡Joaquim! – Exclamó Otto – Aquí tienes al sargento saciado. ¡Ayúdame a llevarlo hasta su tienda, y ten cuido por los dioses, que va a vomitar en mis botas…!”

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