01
Jul
08

Misere mei Deus

¿Cómo habíamos llegado aquí? Después de haber batallado por las 4 esquinas de Europa creía que lo había visto todo. Por aquel entonces las reglas eran simples, sólo la historia de unos mugrientos matándose gentilmente, hombres de mala voluntad… Violabas por aquí, violabas por allá, siempre se saqueaba ya fuera por vicio o por necesidad. A veces, por obligación, cortábamos en rodajas a un bribón o dos: este es el lado dantesco del soldado. Hay que decir que cuando una jauría de campesinos te tira al suelo, la situación se torna a menudo violenta, y no necesariamente en provecho del bribón asalariado.

Las reglas del juego en los Infiernos son diferentes a las de nuestro mundo en muchos aspectos. Como mínimo se necesitan unos nervios de acero para entrar. Jugarse los huevos con los condenados te permitirá prolongar tu miserable existencia.

Jamás deberíamos haber traído a los nuestros aquí. Este mundo no era el nuestro, pero ya era demasiado tarde para dar media vuelta. Un lugar donde se baila con la muerte, un lugar de sangre y lágrimas.

Deus misere mei…

Me llegó un eco lejano, una especie de zumbido difuso y continuo. Estaba oscuro, frío y húmedo. De todas partes me llegaban estertores de agonía. Con la cara en el barro y los brazos en cruz, comprobé con cierto horror que la mitad de la compañía no había pasado la prueba del viaje.

El cerebro de varios hombres salía por su nariz en una especie de gelatina negruzca. Otros soldados convulsionaban con los ojos desorbitados y los calzones manchados. Mi ánimo regresó poco a poco, la luz recobró su calor y el sonido se libró por fin de su eco. El sabor metálico en mi boca aún persistía.

Nos rodeaba un paisaje de pesadilla. Una vasta planicie de polvo blanquecino con un cielo rojizo; los Infiernos nos acogían de la forma más inhospitalaria posible. Una bocanada mefítica proveniente del subsuelo infernal descargó toda su rabia en nosotros.

La barcaza medio encallada estaba siempre unida por una cadena al mundo de los vivos. Ella reposaba como una gran tenca en una parodia de un río oscuro y pastoso: una especie de aguas residuales cargadas de inmundicia. Un olor pestilente dominaba la zona, y no sentíamos nada más. A lo lejos, relámpagos rojos cruzaban el cielo. En el firmamento, grandes nubes de color obsidiana ondeaban como oscuros gonfalones movidos por el viento.

El obeso capitán y su sacerdote estaban aturdidos pero con vida. Por fortuna ninguno de mis hombres había muerto. Los caballeros denas aún con vida empezaron a entender la amplitud de su estupidez.

Un aullido resuena a los lejos, una señal de alarma. ¡Los enemigos se acercan, formación en diamante, a los arcabuces mis tunantes!

Salidos de la nada, como invocados por el viento, dos decenas de formas aparecieron alrededor de la compañía, a unos 180 metros. Estábamos en una posición desfavorable, de espaldas al río. El oficial lo sabía, pero la prima por indígena muerto resultaba apetitosa.

Entonces vimos a qué se parecían estas inmundas criaturas. Tristes marionetas de color verde mar, humanoides que brincaban como sapos, estas monstruosidades de mirada vítrea eran la misma  muerte sobre patas. Mi sangre hervía con sólo verlas. Creo que nuestra alma se rebeló ante este simulacro de humanidad.

Me fijé en uno bien feo que se encontraba en medio de los demás. Era toda una hazaña, ya que era más feo que mi cuñado y debo decir que no tenía una cara afortunada. Apunté, grité las órdenes a mis hombres y apreté el gatillo. El disparo lo alcanzó en toda la cabeza. Todos mis hombres dieron en el blanco. Y allí empezó el drama. Lejos de detener su perezoso avance, el disparo pareció motivarlos a avanzar. Con las primeras bajas, los alemanes huyeron en desbandada. Los “perezosos” los despedazaron. A lo lejos resonaban gritos estridentes. Otros condenados de cuerpo estirado avanzaban como si el diablo los azuzara. Perforados de lado a lado por piezas metálicas y los músculos al aire, esto monstruos se valían de su sufrimiento como fuente de su furor. Sus garras de hierro y bronce se hundían en la carne de los hombres que huían. La chusma de Tilly había caído, quedaba nuestro capitán y nuestro último cuadrante. Atravesado por el ancla de un demonio de la cólera, el sacerdote apeló a Dios. La aparición de un aura divina le devolvió la esperanza. Los dos “coléricos” apoyados por un “perezoso”, acabaron con sus ilusiones sobre lo divino y con su miserable vida de curilla. El oficial pidió a mis hombres que llevaran a cabo una última carga heroica, por el honor. Yo le respondí educadamente que podía irse a que Belcebú lo desflorara por detrás, y al mismo tiempo ordené una maniobra de retirada. Hombro contra hombro, paso a paso, mis hombres retrocedían en orden, escupiendo muerte a las filas enemigas. Cinco “coléricos” se calmaron definitivamente y tres “perezosos” estaban a punto de ir a dormir definitivamente.

La barcaza se nos acercó por detrás. Uno de mis hombres cayó despedazado por un condenado de la ira. Formación en círculo, el fin se acercaba ineludible. El oficial fue derribado por una bola de fuego verdoso. Una criatura del tamaño de un perro se había agarrado a su cuello y le había petado en la cara. El polvo se alzó a nuestro alrededor, la barcaza seguía allí, a dos pasos. Una pequeña pausa nos permitió subir a la embarcación y disparar violentamente a la cadena a modo de señal para los de arriba. El cielo parecía enroscarse y los relámpagos centelleaban en centenas de sitios.

El portal estaba allí. ¡Había que subir de nuevo, costara lo que costara!

El armazón del barco nos sirvió de parapeto. Mis soldados se debatían como diablos disparando en una cadencia excepcional. Cada disparo daba en el blanco y la planicie pronto se llenó de cadáveres. A lo lejos, las nubes tenebrosas se dispersaron, revelando para nuestra desdicha, un nubarrón de seres infernales voladores: estirges o seres similares. De repente, la barcaza se sacudió… subíamos, no hacia el Paraíso, pero sí hacia nuestra buena y vieja Magdeburgo. Un metro, dos metros… tres seres de la cólera se agarraron a babor. Se sirvieron de sus miembros punzantes para subir a bordo. No los habíamos invitado y encima se permitieron el lujo de destripar a Jürgen. Una última oleada de disparos se llevó a dos de un golpe. Yo acabé con el último mediante el sable; una estocada, cortar y una nueva estocada en toda la cabeza. ¡Partida en dos! Abajo, el mundo ansiaba vernos con la garganta abierta. Esta vez no tuvieron ese placer. Huíamos con el rabo entre las piernas, pero aún estábamos vivos. ¡Vivos!

Sobrevivir, he aquí el juego que jugábamos en el inframundo, sólo sobrevivir. Les dejo a los héroes la suerte de morir. Qué imbéciles…

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