03
Jul
08

Baphomet

¡Ah… qué descanso! Exhausto, observo los alrededores distraídamente desde la cima de un cerro, y saboreo este único instante de tranquilidad. Desde aquí se extiende una planicie rojiza barrida por vientos helados, hasta perderse se vista. Las chimeneas que se abren en el suelo expulsan polvo incandescente.

A lo lejos, la bóveda de los Infiernos se agita. Ya se han desencadenado las tormentas y los relámpagos se recortan en el horizonte. De aquí a unas horas esta región se habrá metamorfoseado. ¿Tal vez en una tierra helada o en un lago de ácido en ebullición? ¿Es posible que crezcan ojos del suelo? Algo así como bulbos al acecho… a petición de algún príncipe demonio. La Laguna estigia no habrá cambiado ni una gota, siempre será un río de tintes oscuros en la superficie del cual, a veces, se dibujan caras, los recuerdos que una vez absorvió. Su lecho recorre las 4 esquinas de nuestros Abismos, en silencio, sin ningún chapoteo.

Suspiro. Acaricio lánguidamente los cuernos que caen sobre mi pecho.

Despatarrado, me dejo absorver por este momento delicioso. Arrastro mis uñas por la roca agrietada, sumerjo mi mirada de osidiana en las tinieblas de la bóveda. La verdad es que estoy agotado y hasta el grueso cuero de mi piel cruje. ¡Corromper, siempre corromper! Mi señora sólo tiene esa palabra en los labios. Por fin, después de más de una década de obediencia, me tomo un pequeño respiro. Aprovecho para alisar mis greñas, aquellas que cuando pueden me hacen cosquillas en las pezuñas. ¡Son tan largas y están tan desaliñadas! A veces, cuando la batalla está en auge se vienen a la boca y las mastico. Mi rabo cuelga dócil en toda su extensión. ¡Cualquier mortal que me escuchara se ruborizaría con esta idea! Al rabo al que me refiero es una extensión de mi columna vertebral. Normalmente uso este apéndice para distraer a mis enemigos. Golpeo con él a los más débiles.

Me demoro aquí, mientras los relámpagos rugen sobre mí. La tensión abandona mi cuerpo y me dejo ir. ¡Qué lejos de mi quedan los espíritus mortales a los que he de engaña para convertirlos en almas condenadas! Un gemido seco y metálico me saca de mis ensoñaciones. Me estiro y parpadeo. Por encima de mí se dibuja una silueta, al principio minúscula, que es bamboleada por las masas de rayos. Ésta se perfila, un casco se dibuja claramente, adornado por largos remos.

Apareció una embarcación suspendida por grandes cadenas.

La borrasca hace entrechocar los gruesos eslabones y la embarcación gana velocidad. No me lo puedo creer, me incorporo: caras descoloridas me miran de hito en hito. Algunos dedos me señalan. Son mortales. Aquí, en un lugar prohibido para todos los hombres desde hace tiempo. Allí hay unos varones vestidos completamente con hierro, incluso el fusil de pólvora que aprietan convulsivamente entre sus manos… no son más que chatarra.

Con un estruendo espantoso, la embarcación choca con la superficie de la Laguna Estigia y rompe su calma. Saltán por el aire unos sacos y la tripulación se bambolea, es mi oportunidad para observarlos más atentamente: sus rasgos son demacrados, sus vestiduras están raídas. No hay ninguna seda, sólo son uniformes de malandrines convertidos en soldados en esta época de miseria. Su primera salva de disparos pasa por mi derecha ¡y una piedra maltrecha estalla por completo! Me deslizo, escapo de los tiradores que se esfuerzan por recargar sus arcabuces. La nave privada de mástil cabecea peligrosamente: es necesario que su tripulación la suelte de las enormes cadenas que la dejaron allí. Se oyen algunos aullidos, las siluetas agitas los brazos en el horizonte, se oyen más rezos e imprecaciones.

Gruño, estoy dudando. El río se remueve y las olas complican las maniobras delicadas. A pesar del viento cargado de escoria y nieve, veo a los humanos moverse, gritar órdenes e incluso diviso la espuma saltar. A lo lejos caen copos de nieve más helados de la Segadora. Y no tardarán en espolvorear los alrededores con su escarcha.

Aquel santo varón, arropado en su traje de gala y que blande un incensario, acompaña a la expedición. No lejos de allí se alzan vientos furiosos que amenazan con llevarme lejos. Estoy sobre mi promontorio, agotado y también confundido. ¿Debo hacer un informe de mi ama de este circo? La duda me asalta, sin embargo vuelvo sobre mis pasos. Lejos de esta unión en la que se mezcla la soldadesca.

¡La virginidad de los Infiernos acaba de sufrir un duro golpe!

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