09
Jul
08

Los Segadores 2/5

Sólo importan dos palabras.

Los perros.

Él los oye, siente su respiración en su nuca, su aliento ardiente con trazos dulzones; y ese ruido cuando respiran, fuerte y regular como un fuelle de fragua. A su favor tiene que están muertos y condenados, pero ellos respiran.

Nadie os habla del aliento de los muertos antes de que crucéis el portal. A decir verdad, es el tipo de pregunta que nadie se hace. Con los ojos chispeantes por las visiones de tesoros inagotables, las orejas llenas del veneno de los predicadores… todos los conscriptos están dispuestos a vender a su padre y a su madre por un viaje al Inframundo.

Pero Benedicto el Loco, no. Benedicto no sabe por qué vino, por qué siguió a Vargas, por qué cruzó el portal.

Los más jóvenes se imaginan que les bastará con agitar su sable para que los enemigos acudan a empalarse como si fueran trofeos, cosa que hace reír a los veteranos. Estos últimos, con la cara llena de marcas de cicatrices, el brazo firme y la mirada fría piensan que librando esta batalla igual que las demás será suficiente para volver sanos y salvos, como siempre, aunque con alguna marca de más: “he aquí la mordedura de una sable papista, apenas diferente de la cuchillada que me dio la hoja de uno de esos malditos reformistas, pero esta, querida, es la marca de los Infiernos”.

Los soldados mezquinos y prudentes, aquellos a los que se les llama “hombres de una sola batalla” porque cuentan con administrar prudentemente las ganancias que obtengan de un único encuentro, piensan que siendo como son volverán con más peso en los bolsillos que aquellos que no hayan sido mezquinos ni prudentes, simplemente habrán muerto.

Y luego están los locos. Mientras que los jóvenes piensan en los pechos de las rameras, mientras los veteranos afilan su arma preferida y los hombres de una única batalla cuentan su fortuna adquirida por la sangre, los locos fijan los ojos en la distancia, con la boca abierta y la cabeza vacía.

Benedicto era de esos hombres que, al parecer, al atravesar el portal les había saltado la tapa de los sesos. Una vez en el Inframundo, la luz se borró de sus ojos, como apagada por una borrasca, y no fue más que un instrumento a las órdenes de Vargas. Marchó comió, durmió y luchó, pero no se volvió a acordar de haber vivido. Y cuando la compañía de Vargas entró en los pantanos, el mundo mutó en un sueño difuso sumergido en una bruma de sangre.

Benedicto se acuerda de las primeras deserciones: de aquel pendenciero que intentó huir al amparo de la oscuridad aquella vez que la “noche” duró más de tres días, y encontraron su cadáver esparcido a lo largo de 180 m; pero también de ese soldado que enloqueció por los gusanos que se movían por la comida, y al que hubo que matar antes de que degollara al cocinero. Cuando uno de los hombres pidió permiso para enterrarlo, Vargas se limitó a lanzarle una mirada glacial, y nadie más volvió a hablar de enterrar a nadie. ¿Para qué?

Pero lo peor aún estaba por venir. A medida que se adentraban en los pantanos, la atmósfera pútrida y los insectos grandes como un puño habían hecho mella en algunos de los hombres, y otros habían corrido una suerte todavía menos envidiable. Como le ocurrió a aquel granadero al que encontraron una mañana sentado frente al fuego que había dejado que se apagara, de la boca le supuraba un humor negro y viscoso y salmodiaba una letanía infinita en latín. Al oírlo, el hermano Jacob, el capellán, pareció quedarse sin sangre en las venas. Cogió al soldado por la cabeza y le rompió el cráneo contra un peñasco asta que estalló como una jarra de arcilla. Y cuando vieron la cabeza quebrada del granadero, en el interior de ésta no había sangre ni sesos, pero sí polvo y unos curiosos gusanos blancos-violáceos largos como el dedo pulgar.

Los reptiles, aquellos a los que el teniente de Vargas llamaba “esquamatas”, no habían tenido ningún problema en diezmar la compañía. Los más jóvenes habían acabado cortados en dos por los círculos de hierro de los monstruos, los veteranos habían sido despedazados por las garras de acero de los hombres-cuervo, y los locos…

Los locos como Benedicto habían huido, perros de guerra con equipaje. Valía más una vida vacía y estúpida que una vida inexistente. Y Benedicto corrió sin detenerse, impulsado por un instinto de superviviencia que no conocía, olvidando el cansancio, el Infierno y las carencias. De repente se acordo de la voz de su madre, del olor de las manzañas que iba a recoger con su padre y de días pasados cazando furtivamente con sus compañeros, cuando era niño. Y los recuerdos, al igual que el miedo, le habían dado alas.

Pero esto no fue suficiente: los Aguijones del Infierno lo habían atrapado.

Miradlo, es un patético amasijo de carne todavía tibia que se arrastra por el fango del pantano para escapar de las bestias, con los ojos llenos de lágrimas. Mirad cómo la llama de la esperanza se aviva, frágil, en el momento de la muerte. Escuchadlo gemir en el silencio sepulcral del inmundo cenagal y mirad a los dos cerberos cómo giran y patalean a su alrededor, preparados para el rancho.

Perp el suelo se hunde cada vez más bajo sus pies. En pocos instantes ya está sumergido casi por completo. Ambas bestias bicéfalas con los colmillos aún goteando baba, lo observan a una distancia prudente, sin atreverse a acercarse más a la pequeña extensión de lodo claro, en la cual él se hunde poco a poco. Presa del pánico, el soldado gesticula y se hecha a gritar, pero pronto el agua corrompida y el lodo le inundan la boca. Su grito de terror no es más que un gorgoteo, un chapoteo, un suspiro. Nada más.

Su cuerpo es aspirado completamente por el lodo helado, sólo sus dedos que asoman aún en la superficie, desesperadamente estirados, demuestran que aún vive. Siente el frío filtrarse por todo su cuerpo y el hielo se cristaliza entorno su corazón…

Pero de repente siente una quemadura, la mordedura del fuego sobre sus dedos. Y en vez de dejarse llevar, en vez de entregarse al glacial spor que casi lo apresó; se agarra a este dolor ardiente, aferrándose a la llama que le consume la mano. Siente cómo lo estiran fuera del lodo, fuera del agua, y lo hace una fuerza que no es la de la carne, sino la de un espíritu, cuya voluntad podría quebrantar una roca.

Una vez fuera del limo se encuentra frente a ella. Benedicto tiene la impresión de haber sumergido la mano en lava, pero resiste, clavando sus ojos en esa mirada más ardiente que la más ardiente de las hogueras. Oyó hablar de ella a un hombre en el portal, era un veterano que afirmaba haberla visto. Pero ninguna palabra puede hacer justicia a la llama que arde en la mirada de Asaliah, porque aquel fuego fue encendido con la llama original, aquella que alumbró el mundo al principio, cuando el Verbo suscitó la idea de luz por primera vez, justo al principio de los tiempos.

Benedicto aprieta los dientes y, auqnue su mano no es más que un muñón calcinado, aún se agarra a ella. No fue ella la que lo sacó del agua, más bien él se lanzó sobre ella. En un momento se halla sobre la orilla. Al otro lado de las arenas movedizas, las dos criaturas de los Perdidos aún gruñen. Cuando Benedicto se incorpora finalmente sobre tierra firme, su propio rugido las sorprende y retroceden hasta desaparecer entre las brumas. De repente los perros no tienen ninguna importancia.

Benedicto ya no los ve: su mirada es absorvida por esos ojos sin edad, esas dos estrellas gemelas. Ella es como una antorcha, un incendio, un diluvio de fuego como los que reducen a ceniza las ciudades de los hombres y que convierten en sal a sus mujeres impías. Es una llama de pasión, de esas que empujan al niño a levantarse contra su padre, de las que os consumen, de las que os queman las alas… Y esa llama que la quema y la devora la trajo ella misma al Inframundo, a esta oscuridad que sólo tal hoguera puede perforar. Es el fuego de la locura.

“Ven”, dice ella, y sabe que la seguirá a todas partes, él… que no está vivo ni muerto. Porque vino por ella, ahora lo sabe, y llevará su nombre, su fuego y su guerra por todas pates. Él se levanta a duras penas, apenas sintiendo el dolor de su mano carbonizada.

“Soy yo. Todavía tenemos mucho trabajo. La cosecha no ha hecho más que empezar”.

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