04
Ene
09

Los segadores 3/5

Perecha y Gu

– Lo has hecho tú.
– No.
– Te vi.
– Tus ojochs te habrán engañado. O tal vech sea un efecto de los gasechs del pantano.
– Tú no … Oh, dejémoslo estar … ”

Mientras su compañero se arrastraba hacia otro montículo, la pequeña y obesa criatura dejó escapar un pequeño cloqueo satisfecho pero se repuso en seguida, se veía forzada a cruzar los brazos para mantener cerrada su inmensa boca cuyas quijadas colgaban hasta el suelo. El otro se giró un instante, con una mirada suspicaz. El pequeño gordinflón intentó silbar y  sólo pudo emitir un gorgoteo húmedo y se llenó los brazos de baba.
Su compañero, asqueado, le dedicó un leve gesto de desprecio y se volvió para subir la pendiente resbaladiza y aún húmeda. El Condenado de la Gula se alegró. Mientras que la otra criatura emprendía su peligrosa escalada a zarpazos y lanzando fuertes gemidos patéticos, retiró sus entumecidos dedos minúsculos de su estómago lleno a rebosar. Sorbió los jugos que le quedaban alrededor de la boca, que, visto su tamaño, le llevaría cierto tiempo.

” ¡Está alto, eh! ” El condenado de la Gula alzó la mirada para ver la altura del montículo, pero su compañero todavía estaba a mitad del camino. Se paró un instante, apoyándose sobre una lanza que sobresalía del montículo. Allí, posado como un gorrión en una rama, podía abarcar todo el campo de batalla con la mirada. El Condenado de la Gula depositó su hallazgo delicadamente en el pequeño bolsillo y lo cerró  con cuidado, aguantándose las ganas de darle otro húmedo beso. Se giró de nuevo. Su compañero no se había movido. Debería haberlo sospechado: escalar un montículo de cadáveres tan alto no estaba al alcance de uno de esos gandules Condenados de la Pereza.
– ¿Y entonces?- dijo.
– ¿Entonces qué?
– ¿ Ech de los nuestros o Ech de los suyos? -Desde su posición elevada el Condenado de la Pereza agitó la mano y suspiró.
– Casi de los nuestros.
– Nos han derrotado.
– Nos han hecho añicos.
– Pulverichado.
– Despedazado.
– Hichimos bien en retirarnochs.
– Y qué lo digas … No merece la pena ir hasta altura para saber qué es lo que encontraré allí. Alos nuestros. Ni el menor rastro de plumas de corvus, ni una escama de squamata … Nada que pueda interesarte. ”

El condenado de la Pereza bajó tres veces más rápido de lo que subió. Una vez en el suelo, se  puso al lado del regordete y ambos condenados miraron a su alrededor. La batalla fue particularmente dura. Violenta e incomprensible. Sobre todo vista desde lejos. Normalmente, para aquellos dos las cosas eran más bien simples: hostigados por el látigo de un gran condenado, se lanzaban a la batalla e intentaban matar a todo aquello que se pusiera al alcance del cuchillo o de las garras. He aquí una de las raras satisfacciones de la existencia en el Infierno: la simplicidad de las reglas de la batalla. Matar o ser matado. Pero vista desde lo lejos, la batalla sólo había sido confusión, un remolino de cuerpos y de acero, todo salpicado de sangre. Nada palpitante cuando no se participa en ella.
El condenado de la Gula masticaba distraídamente un puñado de dedos del pie que acaba de arrancar de un pie que sobresalía del montículo. Hubo algunos vivos en la batalla. Ese era el motivo por el cual erraban por ese osario cada mañana: los vivos son más sabrosos… al menos según el condenado de la Gula.  Al condenado de la Pereza eso le daba igual. Mientras no se le pidiera nada demasiado cansado…  Además, ver a esa gigantesca boca engullir inmensas cantidades de carne resultaba fascinante. Uno no se cansaba de ver esas filas de dientes, moverse, ni del palpitar de ese  vientre sin fondo.
Y luego están los ojos.  Los ojos se rompen y estallan como huevos blandos; son viscosos, son hediondos, son repugnantes. Lo peor es cuando su compañero los lame o los succiona. El condenado de la Pereza odia eso. Y se pregunta si los demás codenados hacen lo mismo o si esta afición se debe a su relativa juventud.

– ” Mira Perecha, queda uno”

El condenado de la Pereza suspiró. Justo al inicio del enfrentamiento, su capitán, uno de esos cabrones Gran condenados de la Cólera, se vio privado de su cabeza por el disco cortante del jefe squamata, aquel al que llaman Isha-Akshay. De repente, él y Gula se refugiaron rápidamente detrás de grandes peñascos para ver ranquilamente la batalla. A decir verdad, Pereza – “Perecha” – se durmió antes del final. Cuando se despertó, Gula se estaba cebando. Como no tenía nada mejor hacer, le ayudó a encontrar otras vituallas. Pero los vivos – o al menos los cadáveres de los vivos – no abundaban.
Fue cuando contaban los cuerpos, cuando se dieron cuenta de que su bando había perdido. Hay que reconocer que las cabezas de los Grandes Condenados sobre picas en mediodel osario le había puesto la mosca detrás de la oreja.
-“Habrá que hacerles creer que nosotrochs también hemos sido machacrados –  dijo atropelladamente el condenado de la Gula.
– Pues hagámoslo. Es inútil darle este tipo de informe al señor Phölm si ello significa que se figurará en el menú de esa noche … ”

Al oir la palabra “menú”, la cara del condenado de la Gula se iluminó, para ensombrecerse rápidamente cuando toda la información llegó a su cerebro esmirriado. Por el momento, masticaba un trozo de carne fría de humano.

– “Bueno, ya has acabado, no quedan más. Hemos dado tres vueltas.

– Chalvo la cima del montón.
– No voy a subir allá arriba, ni hablar.
– ¿Por qué no?
– Me da pereza. Además, ya recolectaste bastante.”

Ahora que habían recorrido todo ese buffet improvisado, los dos complices no sabían qué hacer.
” ¿ Crees que che darán cuenta?
– ¿ De qué?
– ¿ De que no echtamos? ”

El condenado de la Pereza soltó una carcajada seca, como la tos de un moribundo.

“- ¿De verdad crees que contarán los cuerpos? Todo lo que le importa al señor Phölm es saber si ganamos o perdimos. No cuenta los puntos, sabes. Para nosotros no existe el segundo puesto: es la victoria o la muerte.

– Entonces, ¿ qué será de nosotros?
– Para nosotros sólo hay muerte, Gu.
– ¿Gu?
– Es más rápido de pronunciar que Gula. ”

Gu miró con pesar el triste horizonte de los Infiernos.
“- Venga, vamos allá, Gu.

El condenado de la Gula perecía perdido.
“- ¿Dónde ech allá, Perecha?
– Ya lo veremos. Y bueno, ¿Desde cuánto eres un condenado de la uriosidad?”

Gu esbozó una pequeña sonrisa – una media luna espantosa, húmeda, llena de dientes y vertical – y palmeó su pequeño saco.

Era su secreto, su reserva, su juguete. Normalmente, los condenados no tienen más derecho a este tipo de posesiones personales que los monjes. Pero como los monjes, los condenados son mentirosos empedernidos cuando el deseo los llama, sobre todo si se trata de un deseo de lo más irracional.
Mientras Perecha  salva los gigantescos cadáveres de dos condenados del Orgullo, Gu cuenta el contenido de la Bolsa para calmarse.
“- Dieciseis verdes, doce azules, cinco marrones, dos rojos, uno de vidrio, uno todo blanco no muy bonito pero tiene buen gusto … ”

Quién sabe, más allá del horizonte, al igual habrá más presas, batallas fáciles y otros ojos que recolectar. El blanco realmente sabía bien, a pesar de estar un poco seco.
” – Aún estoy conencido de que lo hiciste. Sabes que lo encuentro asqueroso”

Con un aire curiosamente digno, Gu cerró su saquito y lo anudó cuidadosamente alrededor de su cabeza sin cuello. Mientras marchaba con un aire solemne delante de Perecha, podía acariciar con la punta de la lengua el pequeño saquillo. Le resultaba, a la vez,  lacerante – todas estas golosinas que lo hacían estremecerse estaban allí, justo bajo su nariz, una verdadera tortura – y calmante.
Perecha hizo un pequeño gesto de capitulación y suspiró, pisándole los talones.
Mascullando, se dirigieron hacia un destino incierto.

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2 Responses to “Los segadores 3/5”


  1. 1 Publio_Elio
    5 enero 2009 en 12:43 pm

    Qué tiernos los condenados, va a ser verdad eso de que hay que tener amigos hasta en el infierno. Ha pasado mucho tiempo desde el último post de trasfondo, bienvenido sea.


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