28
Abr
09

Maestro de espadas versión demoníaca, por Thomas Cheilan

En las fronteras de Diyu, todos los aldeanos de Ping Zhou se habían rebelado. Los campesinos ya no cultivaban las tierras y guardaban los frutos de su trabajo bajo custodia. Esta noticia entristecía al funcionario condenado al mando del distrito, porque los campos causantes del litigio producían buenas cosechas destinadas a la capital. ¿Cómo reaccionarían los mandarines si no se pagaba el tributo anual? Seguramente buscarían a un responsable al que castigar… Para acabar con la rebelión y salvar su cabeza, el funcionario había reunido una pequeña milicia y había cercado al pueblo rebelde.

Sin embargo, incluso estando acompañados por algunos centinelas demoníacos, los combatientes no eran bastante numerosos para tomar el lugar sin sufrir importantes pérdidas .
Informado de la situación, un Maestro de espadas marcado por los estigmas de los Infiernos, acudió como refuerzo de la tropa. Se alegraron cuando lo vieron llegar desde lejos. Con los brazos cruzados  sobre el pecho, se acercaba por la senda, transportado por dos de sus grandes tentáculos. Los rasgos particularmente duros de su cara evocaban un temperamento firme y determinado. “Con él – pensó el funcionario- el orden se restablecerá rápidamente y conservaré mi puesto. ”

Pero el inmortal no pidió que se le cedieran refuerzos. Ni siquiera analizó a la compañía, no halagó la valentía de sus compañeros armados, tal y  como lo hace un aliado antes de pasar al asalto. Lo único que parecía preocuparlo era el puesto fronterizo de Ping Zhou. Informó al funcionario de su intención de empezar las negociaciones con los aldeanos y se fue a su encuentro.

El Maestro de Espadas fue acogido en la gran sala central, donde normalmente se celebraban los consejos y las ceremonias. Allí, se reunierón un gran número de campesinos armados. Parecían haber recibido un riguroso entrenamiento marcial, cosa que no pasó desapercibida al Inmortal. Éste, se sentó en medio de la sala adoptando la posición del Loto, dejando flotar a asu alrededor los tentáculos y la espada a la vista. En silencio, miró detenidamente a cada uno de los miembros de la asamblea mientras esperaba la llegada del jefe del pueblo.

Finalmente, éste llegó. Se acomodó entre los demás, sin empezar él la conversación.

– Tengo mucha sed- dijo el Maestro de Espadas-. Me dijeron que los graneros de este lugar rebosaban riquezas. Para qué rebelarse cuando se poseen las mejores cosechas del distrito y se continúa practicando la abstinencia.
La vacilación se leía claramente en el rostro del jefe. Se ausentó un largo momento antes de volver y ordenó que se diera de beber y de comer al visitante.

El Inmortal empezó a comer ante los aldeanos. Para los campesinos de Diyu, que rompen el ayuno sólo una vez al año, durante el Pudu de Zhongyuanjie, el banquete de la fiesta de los muertos muertos de hambre, asistir a este espectáculo era una tortura atroz.

Así, poco a poco el rencor se apoderaba de la asamblea, ya que el invitado no parecía tener intenciones de finalizar su festín, el jefe por fin se decidió a  interrogarle:

– Te pagamos con nuestro bien más preciado, danos tú una muestra de confianza.

A estas palabras, una gran sonrisa jovial cruzó la cara del Inmortal, como si una placa de hielo acabara de romperse. Expuso detalladamente las posiciones y el número de agresores que asediaba el pueblo. Además, sugirió algunas maniobras para librarse del enemigo sin sufrir pérdidas.

– He aquí un aliado providencial – dijo el jefe.

Pero aún sospechaba y le pidió al Maestro de las Espadas que les contara sus motivaciones. Éste habló sin tapujos:

-“Soy un ser vivo que descendió a los Infiernos para seguir seguir las enseñanzas de la Casa de Jade y proteger los dominios del rey Yanluowang de sus enemigos. El cabello y la barba siguen creciendo, pero aquí abajo no se nota el paso del tiempo. Entonces, seguí la filosofía de los puros y el camino mostrado por mi maestro durante siglos… Según él, es el espíritu lo que te permite ganar un combate, no el dominio perfecto de la espada. Pero fracasé en mis búsquedas. Maté al enemigo cuando yo era el más fuerte o el más traidor. Evité el enfrentamiento cada vez que mi adversario me superaba. Cansado de mis fracasos, quebranté mi juramento de fidelidad a la Casa de Jade. Después, me volqué  en los excesos, comí hasta reventar y busqué todos los placeres que pudieran satisfacerme. Por eso mi cuerpo sufrió la metamorfosis. Pero me divierto, y eso es lo único que importa. Si matáis a todos vuestros agresores, nadie sabrá que los traicioné.  Si  perdéis la batalla, estamos cerca de la frontera: podré escaparme fácilmente lejos de Diyu. La única lección que hay que mantener de  la existencia, es que jamás hay que privarse de la oportunidad de una buena comida. “

A estas palabras, la asamblea cedió a la agitación. Los condenados habían escuchado atentamente el discurso del Maestro de Espadas de la misma forma que habían envidiado cada bocado que él daba. Un mozo corpulento exigió que se abrieran los graneros.

-“¡De ninguna manera!- exclamó el jefe del pueblo-, ¡debemos conservar las cosechas como  moneda de intercambio para obtener nuestra libertad!.

Pero los campesinos hambrientos se lanzaron contra las reservas y, ebrios de alegría, comenzaron a preparar un gran festín.

Desesperado por la situación y sín saber que hacer, el jefe de pueblo corrió, junto con unos pocos, a refugiarse en una pequeña casa. Sin embargo, en medio de la confusión general, nadie vigilaba al inmortal que lo siguió sin problemas. Sus tentáculos hicieron saltar un trozo de pared y, de con un movimiento, decapitó al gran demonio rojo que se escondía en el interior.

-Al amanecer, los campesinos estarán borrachos y saciados. Tomaremos el pueblo sin dificultad- dijo el inmortal al enfundar su espada.

– ¿Entonces todo lo que dijiste era  mentira?- Preguntó el jefe de pueblo, con despecho.

– Todo lo contrario, todo lo que conté de mi vida es verdad. Simplemente omití decir que tube que abandonar la Casa de Jade para poder poner en práctica las lecciones de mi maestro. Observo el terreno y al enemigo que se esconde allí, imito sus comportamiento convirtiéndome en culpable de todos sus pecados y, de este modo, triunfo mediante el espíritu.

El pueblo fue tomado sin derramamiento de sangre. Los campesinos regresaron a su trabajo y el inmortal ató al jefe en una carreta para enviarlo a la capital dónde sería juzgado por sus crímenes. El funcionario del distrito se les acercó para obtener explicaciones.

– Es muy simple- dijo el Maestro de espadas-. Un pueblo fronterizo siempre suscita la codicia del enemigo. La rebelión que se levantó aquí era sospechosa. Vi que los campesinos habían recibido entrenamiento para la guerra. Esto reforzaba la hipótesis de la presencia de un espía que  jugaba entre nosotros. Cuando pedí comida y bebida, el jefe del pueblo vaciló en satisfacerme y tomó su decisión después de haberse ausentado. Esto  sugería que otro le decía lo que debía hacer. Pero mi demanda fue cumplida, entonces supe que el demonio pensaba poder comprarme con eso, del mismo modo que había utilizado la cosecha como pretexto para crear la confusión. Usé lo mismo contra él. Los campesinos tenían un comportamiento extraño, se había sublevado , sin obtener un beneficio personal por ello. Y cuando el jefe dijo que necesitaban la cosecha para cambiarlas por su libertad, estuve seguro de mi teoría. Una idea tan absurda sólo podía venir de un extranño.

El Maestro de Espadas había hablado con serenidad, con los brazos cruzados sobre el pecho y los tentáculos flotando al viento. Parecía particularmente satisfecho por el desenlace de esta historia, al contrario que el funcionario condenado cuyos ojos se movían en todas direcciones.

-Pero- dijo el funcionario-, la cosecha está  estropeada porque los aldeanos lo devoraron todo durante noche. ¿Qué vamos a hacer?

– En la guerra, no hay sacrificios a medias- respondió el Maestro de Espadas-. Y tú vas a subir a esa carreta para ir a explicarle al rey cómo dejaste a un demonio enemigo fomentar una rebelión en el seno de nuestro querido pueblo. “

Los cuentos de Diyu

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