01
Jul
09

Chan Lee, por Thomas Cheilan

El rumor se difundía por Diyu. La guerra estaba cerca. Una brecha había aparecido en los dominios y se había enviado al otro lado a una compañía para que explorara. En todos los distritos, se había oredenado reagrupar a la milicia. La agitación se apoderaba de la capital hacia la que se dirigían los inmortales para conocer su destinación.

Los Mandarines se encargaban de vigilar los suburbios de Yumíng, porque el imperio temía que los  espías aprovecharan la multitud para intentar infiltrarse dentro del santuario sagrado de Míngfu.

Un funcionario Condenado fue advertido de la llegada de un monje exclaustrado de forma sospechosa. Consultó los archivos, luego hizo que le indicaran el hostal donde el hombre se había alojado.

Cuando el condenado entró en el establecimiento, escrutó uno a uno a los miembros de la asamblea presente, luego se sentó a la mesa entre los viajeros que no practicaban la abstinencia. Pidió bebida para sus compañeros de mesa y empezó a contarles una historia.

“- Antaño, un joven monje acompañó a Diyu a una de esas caravanas de vivos donde el comercio con estos dominios está permitido.
El camino para venir hasta aquí desde las tierras mortales esta lleno de trampas. Cuando la expedición llegó a la capital, sus miembros explicaron cómo su joven compañero les había salvado, repetidas veces, de peligros que les acechaban en el camino. No escatimaban elogios hacia él, tanto fue así, que los maestros de la Casa de Jade acabaron por interesarse por este individuo.

Fue invitado a unirse a las filas de la escuela imperial, un honor que no se rechaza.

Enseguida, el joven monje descubrió su extraordinaria predisposición para las artes marciales. Lo dejamos entrenarse en el combate sin guantes, tal y como había pedido él.

Sin embargo, los Mandarines de la ciudad lo investigaron. Supieron que el joven monje había sido acusado de violación y de homicidio, y que había huído de las tierras mortales para no ser juzgado.
Diyu no debe permitir a nadie escapar de la ley. Es por eso que los Mandarines lo sometieron a la justicia del lugar. Pero los hechos de los que se le acusaba, carecían de fidelidad. Los jueces se sintieron satisfechos con el procedimiento. Habríamos podido hacerlo confesar, pero allí es una práctica que se reserva para los condenados.
Ellos decretaron el Calvario (ordalía), el juicio celeste: un duelo contra un Maestro de las Espadas cuyo resultado declararía la inocencia o la culpabilidad del joven monje.

El día del enfrentamiento llegó. El adversario del acusado era un combatiente de renombre. Manejaba la espada a la perfección y nadie lo había vencido jamás en duelo desde hacía más de un siglo. No hay que decir que de no haber un milagro, ya estaba todo decidido. 
El joven monje luchó con ardor, no cedió ante su enemigo y, por un momento, lo superó. Pero tenía que enfrentarse  a un espadachín extraordinario y la única arma que usaba él era su cuerpo.
Su adversario lo derribó de un horrible tajo en la cara. El monje había perdido el duelo. El Calvario lo condenaba a muerte.

No obstante, pasó lo impensable. El espadachín se negó a ejecutar a un combatiente que había conquistado su respeto, violando así la ley celeste y exponiéndose a la condenación eterna. He aquí que se planteó un espinoso problema jurídico. ¿Qué hacer con el maestro de espadas? ¿Y con el monje?
Acudimos al soberano para resolverlo. Éste aforó el asunto con mucha atención. Decretó que la sentencia de condenación eterna sólo podía efectuarse en el momento de la muerte del culpable. Y por aquel entonces el Maestro de espadas estaba bien vivo. Así pues, el juicio debía  suspenderse hasta la llegada de ésta (nt: de la muerte del maestro de espadas)… Y como causa de este efecto, la suerte reservada para el monje dependería del destino de su bienhechor. Poco después, éste fue llamado para unirse a la guardia privada de Yanluowang, en el santuario de Míngfu. Nadie sabe qué fue de él después de esto.
En cuanto al monje, su juicio quedó pendiente, y la población le consideró sospechoso.
Los maestros de la Casa de Jade lo mantuvieron aparte para evitar disturbios. Él se dedicó a entrenarse día y noche, recluido en el patio interior de un templo de la capital. Para fortalecerse, no dejaba de golpear los miembros contra la madera, la piedra y luego el metal.
Nadie en la vecindad podía ignorarlo, porque forjaba su cuerpo hasta convertirlo en un arma indestructible, del mismo modo que el herrero bate el hierro, el sonido de su entrenamiento frecuentaba las noches de sus detractores. Muchos jóvenes combatientes, desesperados por la partida hacia Míngfu del que fue su modelo, alimentaron un rencor tenaz contra el monje. Y cada noche su odio hacia él se intensificaba.
Ellos hicieron correr por todo el dominio el rumor de que la Casa de Jade albergaba a un criminal.
El asunto tomó proporciones dementes, dividiendo incluso a los mismos alumnos. La enseñanza de todos ellos peligraba. Porque el alboroto corrompe la meditación.

Finalmente, los maestros decidieron expulsar al monje. Entonces, comenzó para él un largo vagabundeo. Allá donde iba, se encontraba con jóvenes combatientes que lo desafiaban. Lugares como este fueron el escenario de increibles peleas, al final de las cuales más de una pared del recinto ya no se tenía en pie. El monje fue declarado promotor de disturbios y, por lo tanto, una persona fuera de la ley por su participación en estos combates. Perseguido por la milicia, la carga de sus crímenes aumentaba. Porque cada lugar en el que hacía un alto se transformaba en campo de batalla, cada pueblo donde aparecía acababa devastado.
Ante una superioridad numérica de adversarios, su rabia era su mayor fuerza, pero también su mayor falta contra el orden establecido.
Atacaba sin cesar con sus puños. Éstos acabaron por sufrir la metamorfosis. Finalmente, comprendió de qué exceso era culpable. Y el monje desapareció. Se dice que se exilió en las desolaciones heladas que bordean el dominio y qué vive como ermitaño.”

Desde luego, el monje exclaustrado se encontraba en la reunión que el funcionario había escogido para exponer su cuento.
El monje se levantó y, enderezando su sombrero de ala ancha, todos pudieron contemplar la horrible cicatriz que marcaba su cara, así como sus manos híbridas. Por un momento, los viajeros creyeron que iba a devastar el hostal.

Avanzó lentamente hasta el funcionario para decirle: “diles a los Mandarines que no volví para crear disturbios. La guerra se acerca, quiero unirme al bando de Yanluowang, mi único señor. ”
Reajustó su sombrero y dejó el hostal, mezclándose entre la muchedumbre.

  – ¿Eso es todo? – Exclamó uno de los viajeros – .  Los centinelas imperiales no van a detenerlo por sus delitos? ¿Dónde está la ley?
  – Sus deudas con la ley fueron anuladas hace tiempo, incluso él lo ignora – respondió el funcionario-. El verdadero culpable del crimen por culpa del cual abandonó las tierras mortales reconoció sus malas acciones y las expía en los dieciocho infiernos.
  – Pero entonces, ¿por qué no se lo dicen?- Preguntó otro viajero.
  – Porque aunque la Justicia de Yanluowang finalmente tuvo la última palabra – dijo el funcionario-, esto no cambia en nada la injusticia que consumió el corazón de este hombre. Fue acusado del homicidio de su amada y pasó una gran parte de su existencia expiando las faltas de otro. Fue rechazado, perseguido y humillado. Lo considerábamos un criminal mientras fue puro. Ese hombre sólo es un santuario de la rabia que descarga a través de sus puños. Su espíritu está constantemente consagrado a contenerla. Para él nunca habrá descanso posible, ni salvación. Yumíng podría dar a conocer públicamente que es inocente, pero esto sólo le recordaría a la población una historia completamente olvidada por todos… salvo por él. ¿Para qué reavivar una herida que no puede cicatrizar? Que luche contra los enemigos del dominio, el campo de batalla es el único lugar donde puede apaciguar su tormento… Tormento que lo consagra a la condenación eterna. Qué pelee para el pueblo de Qin, y que tan sólo por un instante, mientras sus manos desgarren las filas enemigas, esté en armonía con sus hermanos, que la paz mental lo invada y resuene como el último acto de amor dedicado a aquella que fue para él como el cielo.

Cuentos de Diyu

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