21
Jul
09

Salâh ad-Dîn, por Pierre Bouas

Lejos, muy lejos, en los confines de los místeriosos círculos de Aussone y Saqar.

” – Cansado de esperar una orden que nunca llegaba, el diablo Fatak tomó las armas. En contra de la advertencia de Naon Haitshya, su señor, salió al campo, al frente de sus centenares de condenados de la blasfemia, para expulsar al invasor. Iblis, un genio tan malvado que fue ascendido al rango de Señor Demonio, acudió con su propio ejército. Los de la coalición conquistaron la ciudad perdida de los mil pilares, Iram , dónde fueron recibidos por Uzza, la tentadora. Celebraron un consejo en el centro del laberinto, donde la diablesa amontonaba su botín, fruto de siglos de rapiñas, una fortuna tan inmensa que Bagdad jamás pudo llegar a soñar con ella: ni mil esclavos podrían llegar a contarla en mil años. Rodeados por los genios carroñeros y las diablesas lascivas, los híbridos eunucos y las hurís caídas; Uzza, Iblis y Fatak  juraron combatir juntos a los invasores vivos hasta expulsarlos de su ciudadela de Al Anqsa. También decidieron enviarle a un heraldo a Asaliah, para ofrecerle su bandera – donde figura una cerda recibiendo el semen de un chacal – para que a partir de ese momento el Ángel los contara entre sus partidarios…

 – ¡Tch, nombres, más nombres, referencias incomprobables y afirmaciones volátiles! Y ese mensajero, supongo que serás tú, ¿no?- preguntó burlón Abdallah reavivando la fogata-. ¿Entonces la reina de los demonios te encargó llevarles a los Ángeles Caidos un trozo de tela? Pero eso es un gran honor, digo yo … “

Los siete askars y su líder se pavonearon.  Primero ese condenado bastardo que se creía afirmaba ser un antiguo señor, ¡y ahora contaba locuras dignas de un cuento! Ese vagabundo piojoso, que decía llamarse Salah, seguramente se inventaba cualquier cosa con tal de impresionarlos, pero al menos sus mentiras no carecían de fantasía.

– ¿ Yvas a hacer todo ese camino a pie?- Le preguntó uno de los desertores-. ¿No sabes que los ejércitos luciferinos están en el Valle de las Sombras, al otro lado de los Infiernos?
– No – respondió el condenado con humildad, como si no captara la cruel ironía de sus interlocutores -. Si me confiaron esta misión, es porque soy el condenado favorito de Uzza. Ella me enseñó sus secretos, como ese que permite atrapar a un genio para que se transforme en una ola de tierra y arena, una montura muy superior a un caballo terrestre, creedme.

Algunos soldados rieron a carcajadas al oir esta nueva pamplina, pero su jefe no lo hizo. El naïb Abdallah se sintió profundamente insultado: el condenado había ido demasiado lejos al jactarse de controlar a los genios. Él mismo había fallado en ese camino. Había tenido un genio, pero había perdido el control hacía algunas semanas. La criatura, después de haberlos animado a desertar, los había abandonado en medio de la nada. Sin saberlo, el condenado acababa de recordarles a sus hombres esta penosa desventura y esto lo enfureció. Sacó su puñal y, al momento, lo imitaron los demás, todos prestos a saltar sobre el cuello de aquel vagabundo de lengua suelta.

Al contemplar el frío brillo de las espadas y las miradas asesinas de los bandoleros, Salah los encontró terriblemente reales, tan reales como la penumbra de ese desierto de cenizas que, con un poco de imaginación, evocaba un crepúsculo del mundo de los vivo. Recuerdos anteriores a la tumba le volvían a la mente, mientras que los siglos pasados en la ciudad legendaria parecían difuminarse, como un sueño después del despertar. Ahora Iram le parecía un espejismo … ¿Y si, de algún modo, lo fuera? ¿Cómo iba a extrañarse de que estos desertores no lo creyeran si él mismo dudaba?
Sin duda, el poder que ejercía Uzza, su tirana señora, sobre él, se debilitaba a medida que se alejaba de ella. Sus maleficios perdían poco a poco su sustancia. Esta idea reforzó su decisión de desobedecerle y de no volver jamás a Iram. Reuniría a su rival Al Anqsa y lavisaría a las vivos de lacampañamilitar que se organizaba contra ellos. Si se lo permitan, hasta lucharía a su lado para rechazar el ataque de los demonios.
La voz despreciativa de Abdallah lo sacó de este noble pensamiento:

– Escuchame perro, ¡yo soy un mago!- Exclamó el naïb renegado, exhibiendo su preciado ejemplar del Kitab al Azif-. Atravesé la mitad de los Infiernos conocidos junto con mis compañeros, desde el reino de La Sabiduría hasta aquí, para descubrir esta fabulosa ciudad de la que te crees ser emisario. Así que si tienes la menor queja sobre nuestro trato por salvar tu vida, ¡Dilo ahora! O si no…

– ¿O si no qué, Abdallah? – Replicó el condenado con la autoridad de un rey -. ¿Crees que podrás descifrar, a duras penas, una fórmula de tu libro mágico para intentar hechizarme? ¡El haber robado ese libro de la biblioteca de Sabiduría no te convierte en un mago, sino en un ladrón! ¡Me vas a dar el Kitab Al Azif, luego tus hombres y tu vais a  guiarme hasta Al Anqsa, donde le ofreceré mis servicios al Emir! He aquí lo que va a pasar de verdad. O si no …

Pero al ver las miradas aterradas de los desertores ante la ola de arena y de cenizas que lo elevaba más de un metro por encima del suelo, Salah Ad-Din, señor en vida y mago en la muerte, supo que no habría un “sino…”

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