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Kartikeya, por Pierre Bouas

Kartikeya olfateó el suelo humeante, luego ordenó a sus rastreadores reptar a una posición más avanzada. Luego trepó por una estalagmita y allí, agarrado a la roca ardiente, contempló el horizonte. A cien toesas se alzaba el círculo de piedras donde se escondían los últimos rebeldes. Podía distinguir sus banderas desgastadas, marcadas con el ojo de Medusa que simbolizaba la unión de las tribus en la misma nación. Una nación … Según los exploradores, Bran Carnoth sólo dirigía un puñado de fieles agotados por su odisea en Pélion y más allá. Hasta las estirges y los corvus lo habían abandonado. Estaba acabado. El rey lagarto disponía del doble de guerreros que él, el enfrentamiento se desarrollaría sin sorpresas.

Bran, hecho un ovillo, se hacía el dormido, con los ojos entornados y los dedos cerrados sobre su hacha. En realidad, estaba al acecho por si oía cualquier ruido que anunciara  la  aproximación de su adversario. A pesar del regreso de  Spada y de sus mercenarios, encontrados en la entrada de Kohut, su tropa no era más una sombra de lo que fue. La situación era mala, pero eso no era nada nuevo. Lo más desesperante era volver a participar en una lucha entre Perdidos. Corvus o squamates, los reyezuelos y los tiranos de su pueblo acudirían a continuaciónen para darle el golpe de gracia, para hacerle pagar esa loca ambición de haberse proclamado su señor soberano. Espoleados por los Luciferinos, no veían más allá de sus mezquinas rivalidades. La depravada diplomacia de los diablos había vencido a la esperanza de unidad.

¿Culpable por tener que enfrentarse a otros Perdidos? ¡ No, qué farsa! Bran Carnoth creía que los condenados francos formaban unanación.  Curtido por milenios de despiada lucha entre clanes, Kartikeya mataba a  sus semejantes sin sentir remordimientos. Los mataría, por supuesto, del mismo modo que había asesinado a su propio señor, Shayativa escamas cambiantes, para reinar en su lugar en el Clan de los Ojos de Hipnosis. Sí, había matado a su señor y bebido su sangre. Él mismo habría abierto su tripa, devorado su corazón y leído en sus entrñas los millares de promesas que le hacía el destino. Eso fue hace mucho tiempo y, sin embargo, a veces a Kartikeya le parecía que había agotado esta fuente de bienes. Tenía que regenerar su buena suerte con un nuevo holocausto. Pronto estaría hecho. Luego le ofrecería la piel pálida del “dux bellorum” a Samael. A cambio, el ángel maldito le había prometido el antiguo feudo de Thelonius del que se había apropiado los insurrectos.

Harúspice confirmado, Kartikeya había leído en la sangre se sus víctimas que la rueda del destino le exigía una sumisión cercana. Inclinarse y desaparecer, el rey lagarto había hecho una sabia elección al prestarse a los demonios. El sabor de la victoria sobre un rival aplacaría su orgullo dañado con este prqueño compromiso.

 Sin más tardar, soltó un poderoso silbido y en seguida empezaron a salir decenas de squamatas de los agujeros y las grietas de esa torturada llanura para caer sobre el enemigo.

Bran, aguardando inmovil en el centro del círculo de piedras hasta el último segundo, se desplegó repentinamente y arremetió contra un guerrero squamata con un golpe brutal que lo decapitó a medias. A su alrededor, sus seguidores lanzaron sus gritos de guerra, pero el líder de los rebeldes esperó a ser cubierto por los enemigos para lanzar el suyo. Entonces, y solamente entonces, se reveló lo que la magia de las estirges había ocultado a los sentidos, incluso a los más aguzados: el clan de los Tres Cuervos estaba allí, preparado para combatir, a unas pocas toesas de distancia.

¡Horror! ¡ Maldición! Las estirges y los corvus no habían abandonado a Bran. Su desaparición no era más que una emboscada. Al cercarlo, a Kartikeya, y su guardia pretoriana les había salido el tiro por la culata, se habían separado del grueso de su horda. Con la boca espumante por la rabia, el rey lagarto buscó con la mirada a su segundo Rajanya, en la otra punta de la batalla. Cuando finalmente lo vio, adivinó su vacilación y comprendió: el teniente podía arriesgar sus escamas para ir en su ayuda o, por el contario, abandonarlo allí, en el campo de batalla, retirándose con el resto del clan y convirtiéndose en el nuevo líder. Ante tal oportunidad, él mismo no habría vacilado ni un segundo. No se extrañaría de que Rajanya se comportara del mismo modo. Se  preguntaba  si su brazo derecho no había interpretado los informes de los exploradores a su conveniencia y maniobrado para desembarazarse de él …

Kartikeya aún podía intentar desafiar a Bran a un duelo, pero ¿para qué? Incluso si llegaba a vencerlo, sería aniquilado por sus partidarios justo después. Atrapado, el rey lagarto comprendió de repente que la sumisión predicha por el harúspice no era con la que había soñado. Pues peor para Samael: con un gesto de resignación anunció su rendición.

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3 Responses to “Kartikeya, por Pierre Bouas”


  1. 1 Rare
    1 octubre 2009 en 11:23 am

    Tengo que leer todos los relatos de los Egares para ver como se cuecen las cosas… A ver si con la recopilación (por cierto muchisismas gracias) me los leo todos.
    Gracias!!

  2. 2 Makoto
    1 octubre 2009 en 10:13 pm

    Dios que grande Kartikeya….pero aun mas grande Bran, si es que es leer mas sobre el y volverme loco por los Egares ejejeje
    gracias como siempre por la traduccion maja

  3. 3 R_T_D
    1 octubre 2009 en 10:51 pm

    Muy interesante este relato ^^
    Gracias por traducirlo Alissea!


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